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PASIÓN POR EDUCAR

Quien pregunta no se equivoca, da inicio al razonamiento necesario para la construcción del conocimiento. El que se conforma con sólo dar la respuesta correcta piensa que ya aprendió.

Quien pregunta está dispuesto a ver el aprendizaje como una obra inacabada que lo retará toda su vida. Quien ve en la respuesta correcta el único propósito de la educación, deja al alcance del olvido lo que dice haber aprendido.

El que pregunta tiene el valor de navegar por el territorio de la incertidumbre, para extender ilimitadamente las fronteras de su conocimiento. Quien se limita a contestar a partir de la memorización, queda sin camino transitable hacia nuevas ideas y conocimientos.

Con la pregunta nace la aventura del aprendizaje. Con la respuesta correcta podemos quedar atrapados  por el conformismo de haber cumplido con un simple trámite escolar y dejar pasar la oportunidad de crecer y construir el futuro.

La respuesta se puede copiar. La pregunta no. Depende de la honestidad de cada quién.

 

Con la pregunta se aprende a ver la vida como una experiencia de aprendizaje infinita. Con la respuesta acertada como única forma de evaluación, corremos el riesgo de dejar nuestra vida en manos de la azarosa opción múltiple.

Preguntar es invitar al diálogo y confrontación razonada de nuevas ideas. Contestar, como finalidad de la educación es cerrarse al monólogo pasivo e improductivo de la repetición y del aprendizaje por consigna.

Pensar en la educación en términos de respuestas y aciertos es pensar en términos del pasado. Pensar la educación a partir de la pregunta es razonar, imaginar y crear futuro.

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